¿Somos animales en el Sexo?

Las relaciones sexuales en la especie humana tienen unas características claramente diferenciadoras de las del resto de las especies. La mayor diferencia con los animales estaría en las relaciones de la mujer fuera del momento fértil y precisamente no saber distinguir cuándo está en ese momento.

Los animales liberan feromonas, producen cambios en el color de su piel, exponen su zonas genitales, etc. cuando se encuentran susceptibles de ser fecundadas.

La mujer puede en ocasiones notar cambios en su mamas, abdomen, genitales, consistencia del moco cervical, pero suelen ser cambios muy inespecíficos. Se puede valorar la filancia del moco cervical, la temperatura vaginal como medios indirectos del momento fértil. Si usamos técnicas más científicas, los análisis hormonales o las ecografía de ovarios nos permite una aproximación más exacta de la fertilidad.

Con respecto a la atracción del hombre sobre la mujer, existe la lucha entre los que abogan por una teoría evolutiva, basada en la necesidad de buscar la mejor hembra para fecundar: pechos grandes, caderas anchas, buena para la reproducción y otros que explican la atracción hacia la mujer por motivos culturales o de cánones estéticos. Recordemos Las Tres Gracias de Rubens del siglo XVII nos mostraba mujeres de, llamémosle, rebosante salud. A día de hoy las carnes se han apretado y el canon de belleza es más contenido.

¿Podemos explicar de alguna forma porque la ovulación de la mujer es discreta?. Quizá se base en el hecho evolutivo de la monogamia del Homo Sapiens. El cachorro humano es de los pocos animales que nace indefenso y muy torpe, lo que hace necesario que sus progenitores le acompañen durante unos meses o incluso años en el inicio de su vida. El Homo Sapiens permanece monógamo, la hembra utiliza esa monogamia para asegurar el cuidado de su prole, además el macho necesita asegurarse de que el fruto de su esperma es el único que fertilizará a su pareja. La vigilancia que necesita hacer el macho sobre una hembra que no da señales de cuando está ovulando, es necesaria para evitar ser copulada por otros, sería el primer vestigio de una característica humana: los celos. Así mismo, necesita mantener sexo múltiples veces para asegurar el éxito reproductivo.

La monogamia como unidad que cuida de la prole es común a otras especies animales, lo que no implica una monogamia sexual. Los primates que mantienen esta tipo de relación no dejan de mantener relaciones fuera de la pareja si tienen la posibilidad. Tanto machos como hembras buscan en ello aumentar las posibilidades de fertilizar o ser fertilizadas y por tanto asegurarse la descendencia.

El sexo no destinado a la fertilidad, que incluiría otras actividades sexuales como sexo oral, anal, masturbación u homosexualidad no es exclusivo de la especie humana y encontramos múltiples ejemplos en la naturaleza.

Existe otra característica bastante exclusiva de los humanos: la violencia en el sexo. Diversos estudios abogan por una codificación genética de nuestros comportamientos sexuales, otros le dan un mayor valor a los condicionantes sociales. Los primeros basan su teoría en los comportamientos agresivos de los chimpancés, en contra los comportamientos lúdicos y no violentos de los bonobos. Hay una frase que resume su comportamiento: los chimpancés resuelven sus conflictos sexuales con poder y los bonobos sus conflictos de poder con sexo.

Ambas especies de primates serían válidas como antecesores del Homo Sapiens, por lo que cabe preguntarse, ¿quiénes ejercen la violencia en el sexo, nacen o se hacen?. En cualquier caso la educación sexual, como la de cualquier otra faceta de la vida, se hace necesaria. Saber encauzar nuestros instintos animales es lo que diferencia a la especie humana.

Podeis escuchar mi intervención en el programa Es Sexo en el siguiente enlace. (A partir de 1h:39´)

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