La mujer no tenía derecho al placer

Cuando una costumbre sexual nos llama la atención, lo hace porque se sale de los estereotipos en los que hemos sido educados en este aspecto. Haciendo un repaso histórico de las “extrañas costumbres sexuales”, llama la atención que la mayoría de ellas, por no decir todas van encaminadas a la satisfacción masculina. Las escasas referencias a la mujer parecen demostrar que existía miedo a que su satisfacción sexual fuera plena.

Esta “apartheid” sexual se mantuvo hasta la revolución sexual de mediados del siglo XX, en que la sexualidad de la mujer deja de ser un mero instrumento para la procreación. La mujer puede, igual que el hombre desde tantos años antes, reclamar su satisfacción personal a través de la sexualidad.

En la mitología encontramos la discusión que mantenía Zeus con su mujer Hera sobre quién sentía más placer en la relación sexual si el hombre o la mujer. Zeus afirmaba que la mujer, Hera sostenía que era el hombre. Para poner fin a la discusión consultaron a Tiresias que era hermafrodita quien dio la razón a Zeus diciendo que de diez partes, el hombre solo goza una.

Siguiendo con esos datos sobre el miedo a que la mujer disfrute encontramos a Aristóteles que afirma que el orgasmo en la mujer puede ser tan fuerte que durante el coito ésta podría partir a un hombre en dos por sus caderas. Lucrecio en el siglo I escribe que las mujeres no pueden hacer movimientos demasiados lascivos sobre el varón, porque desvía su semen del objetivo. Sólo las putas por su propio interés realizan estos movimientos. Ciertas tribus africanas (Bantús, Benin) tienen miedo a las contracciones orgásmicas de la mujer y prefieren no eyacular dentro de la vagina si no es estrictamente necesario. Incluso dejan que las mujeres se den placer entre ellas y sólo cuando quieren tener hijos acceden la relación completa.

Falopio en el siglo XVI atribuye la mejor capacidad reproductiva a la mujer que consigue mayor placer en las relaciones. La princesa María Teresa de Austria, ante sus problemas para concebir, fue aconsejada por su médico que frotara bien la vulva antes del coito para “bienestar del embrión”. Al menos permitía el placer aunque fuera para los fines reproductivos. La mayor evidencia de la represión del placer femenino fue el éxito que demostró el vibrador inventado por el Dr. Granville, del que ya hemos hablado en otro post. Como ya dijimos al inicio, el principio del fin de la represión sexual de la mujer surge en 1953 con los estudios de Alfred Kinsey.

Aún así hoy en día las costumbres sexuales “afrodisiacas” suelen ser en su mayoría encaminadas al placer masculino. Algunas de ellas como el cangrejo ruso, la pinza birmana o el carrete filipino han sido objeto de comentario en mi participación el programa de radio Es Sexo cuyo enlace está a continuación. (mi participación a partir del minuto 56)

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