El placer del dolor

 El dolor siempre se ha considerado un mecanismo de defensa del organismo, nos avisa de que algo va mal y pone en actividad los mecanismos defensivos oportunos. También se ha atribuido una relación entre la intensidad del dolor y el daño producido, es lo que se denomina el modelo lineal. Sin embargo esta teoría no explica muchos datos contradictorios del dolor, por lo que se necesita una explicación biopsicosocial y un abordaje multidimensional. (Melzak 2000).

La definición de dolor más aceptada es la de Merkey y modoficada por el Subcomité de Taxonomía de la Asociación Internacional para el Estudio del Dolor (IASAP, 1979): Experiencia sensorial y emocional desagradable, asociada a una lesión tisular presente o potencial, o que se describe en términos de dicha lesión. Por tanto, el dolor, no sólo se define como una percepción nocioceptiva, sino que constituye una experiencia subjetiva compuesta por un conjunto de pensamientos, sensaciones y conductas que le da un carácter personal. Es decir, que el dolor es una experiencia subjetiva imposible de medir objetivamente.

Las vías del dolor transmiten señales desde los receptores periféricos de todo el organismo, piel, vísceras, etc, a zonas corticales del sistema nervioso central. El investigador David Borsook del Hospital General de Massachusetts publicó en 2001 un trabajo en el que con imágenes de resonancia magnética evidenciaba que los centros de placer y dolor utilizaban los mismos circuitos cerebrales. Estas conclusiones reforzaban las ideas filosóficas de Spinza y Bentham sobre el continuum recompensa-aversión o placer-dolor.

En marzo de 2015 se ha ido un paso más allá y por técnicas de optogenética, Kay Tye, ha realizado un trabajo, publicado en la revista Nature, identificando y fotografiando los centros de placer y dolor y sus conexiones sinápticas. Identifica la amígdala basolateral como zona receptora de las buenas y malas experiencias y de ahí parten vías nerviosas a la amígdala centromedial responsable de las sensaciones de dolor o miedo y al núcleo accumbens, responsable de las sensaciones agradables o de recompensa. Las interacciones entre estos núcleos se han puesto de manifiesto en este trabajo. Borsook llegó a preguntarse si las explicación del comportamiento sadomasoquista estaría en una alteración de estas vías.

Según la anestesióloga Ribera, habría seis tipos de dolor: el amenazador, el placentero, de espiritualización, lacerante, frustrante-alineado y psicológico. En el caso que nos ocupa, dos de ellos son los que se pueden aplicar. El dolor placentero, aquel del que genera cierto placer, se sublima una vez pasado. Por ejemplo estar enfermo hace que los demás se preocupen por ti, no vas a trabajar, esto satisface. El dolor de espiritualización, busca la trascendencia en el sentido existencial, metafísico y religioso. Este dolor se puede tolerar porque tiene un sentido, es una prueba.  Ambos tipos de dolores pueden explicar el beneficio que obtienen algunas personas cuando lo aplican a la relación sexual.

Como hemos hablado en otras ocasiones, este tipo de relaciones no deben considerarse problemáticas o patológicas si cumplen una serie de requisitos, el principal de todos que sea una acción consentida y aceptada conscientemente por todos los que participan en ella y en segundo lugar y no menos importante que sean prácticas seguras.

Puedes escuchar mi intervención en el programa de radio Es Sexo en el siguiente enlace (a partir de 1h 48')

 

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