Relaciones Tóxicas

Es normal que algunas parejas pongan fin a su relación por diversas desavenencias, pueden ser en el campo sexual, en el emocional o en lo social. Si en cualquiera de esos aspectos uno de los miembros de la pareja intenta imponerse al otro y éste o ésta lo permiten en aras de la supervivencia de la relación, posiblemente estamos ante una relación tóxica.

 Desde finales del siglo XIX, las relaciones de pareja cambiaron radicalmente en las sociedades desarrolladas. Hasta ese momento, excepto en determinadas situaciones que podemos incluir como excepciones, las relaciones se establecían por meros procesos de intereses, bien fueran económicos, de protección, de descendencia o de necesidad, y por supuesto sin atender a los sentimientos. Desde entonces la situación ha cambiado, se introduce el amor romántico.

Los conflictos sexuales o emocionales implican en la mayoría de los casos sólo a los miembros de la pareja, en este caso nos encontramos con amores dominantes que pueden ser agresivos, cuidadores o chantajistas; otros amores son evitativos; otros oscilantes y así podríamos enumerar una larga lista de relaciones tóxicas.

Sin embargo, me voy a detener en las relaciones tóxicas que se producen por el contexto social, en especial por la familia política. Aunque es muy típica la frase “me cansé contigo no con tu madre”, es evidente que al estabilizar una relación, lo hacemos también con el entorno de nuestra pareja. La situación conflictiva de algunas parejas por el entorno familiar afecta casi por igual a ellos y a ellas, me refiero a que puede ser ella la agobiada por la familia de su pareja, o él el que tenga problemas con los padres de ella.

Habría que distinguir los problemas que surgen con la familia política por excesivo proteccionismo de su hijo o hija que suele llevar a un intrusismo en la vida de pareja de aquellos que surgen por un menosprecio o maltrato a su propio hijo o hija. En este último caso, aún siendo una situación desagradable, puede ser más fácil de llevar al hacer un frente de defensa común entre los dos miembros de la pareja.

Cuando se trata de una familia política intrusiva, la primera premisa para enfocar la situación es ser sinceros. Sinceros con tu pareja y sinceros con la familia. Partiendo de la base de una comprensión del entorno familiar de tu pareja, si hay algo que no te gusta se debe poner en claro lo antes lo posible y no forzar las situaciones hasta que salte una chispa que haga volar todo por los aires.

En este contexto, es fundamental, no dar ultimátums, no poner en la tesitura a tu pareja para que elija entre vuestra relación o su familia. Hay que intentar poner reglas o límites en la convivencia con los familiares si ésta se antoja fuente de conflictos.

Hay que evitar criticar de manera agresiva e inmisericorde a la familia política tanto delante de tu pareja como a en otros círculos. Aunque la situación sea evidente, hay que tratar de comprender dos cosas, una que si a ti te gusta tu pareja, aunque parezca imposible, algo tuvieron que ver sus padres o hermanos; por otra parte sigue siendo su familia y la crítica ácida y desmesurada provoca indefectiblemente un daño moral.

Los problemas pueden surgir por no equilibrar los sentimientos del debido respeto y preocupación que debemos tener por quienes se han ocupado de nosotros durante tanto tiempo y la atención que debemos a la pareja. Ese respeto y preocupación puede presentarse de manera natural, que emane de los propios sentimientos o puede ser una exigencia de unos padres demandantes. En cualquier caso, si prevalece esa ocupación y sumisión a los padres por encima de la relación de pareja, tenemos un problema.

Por ello, en lo que respecto a los padres, éstos deben admitir que los hijos no son de su propiedad, tienen su propia vida y son autónomos, a partir de una edad ya no precisan de sus cuidados o protección. Esto no implica que exista menos amor o que el vínculo paterno filial se haya roto. Por ello no hay que ser radical en lo que respecta a la relación padres-pareja, no hay que anular ese contacto, tanto sólo marcar unos límites sobre visitas, tiempo de llamadas de teléfono o lo que se habla o no con los “suegros”. Si bien un hijo puede comentar asuntos de diversa índole con su familia, mucho cuidado con incluir entre ello, los problemas de pareja, esto puede introducir a los padres en el conflicto que no hará sino agrandarlo.

Una situación especial es la necesidad de que alguno de los padres tenga que vivir con la pareja por razones de salud. En este caso y dentro del equilibrio al que me refería antes, se hace mucho más necesario el encontrar, e incluso regular los momentos de intimidad de la pareja.

Por último una referencia a la situación de las parejas que tienen hijos. Excepto que la causa de la mala relación con los suegros sea algo realmente nocivo, nunca se debe implicar a los niños en el conflicto. No se debe impedir la relación con los abuelos como herramienta para hacerles daño ya que pueden resultar dañados también los niños.

Si se necesita consejo o ayuda en este tipo de problemas por su gravedad o su duración, un familiar o amigo cercano no suele ser lo más indicado para solucionarlo, la intimidad que requiere este tipo de situaciones requiere de la ayuda de un profesional que medie en la misma.

Puedes escuchar mi intervención en el programas Es Sexo en el siguiente enlace (a parti de 1h32')

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